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Cuando las malas condiciones de trabajo enferman: los nuevos riesgos de un mundo laboral que cambió

Precarización, incertidumbre, violencia, desgaste emocional y problemas de salud mental dibujan un escenario laboral muy diferente al de hace apenas algunos años. Para la Dra. Lilian Capone, médica neumonóloga y especialista en medicina ocupacional, pensar hoy la salud de los trabajadores exige dejar de mirar solamente el accidente o la enfermedad profesional y seguir preguntándonos cual es el impacto del trabajo en la vida de las personas. 

Durante décadas, hablar de salud laboral fue hablar, fundamentalmente, de accidentes y enfermedades profesionales. Del esfuerzo físico, el ruido, la exposición a sustancias tóxicas, una máquina peligrosa o una infraestructura deficiente. Esos riesgos siguen existiendo. Lo que cambió es que ya no alcanzan para explicar buena parte de lo que sucede con quienes trabajan.

Lilian Capone conoce ese mundo desde hace años. Médica neumonóloga, especialista en medicina ocupacional y con una extensa trayectoria en salud laboral, sostiene que cualquier análisis actual debería comenzar por reconocer una transformación mucho más profunda: cambió el mundo del trabajo, cambiaron los trabajadores y cambió la relación que mantienen con él.

“Hoy el mundo del trabajo está cambiando”, plantea. Y esa transformación empieza incluso antes de ingresar a una empresa, una fábrica, una oficina o un hospital.

La informalidad, el cuentapropismo y las distintas formas de trabajo por fuera de una relación laboral tradicional constituyen, para Capone, uno de los primeros desafíos. Una parte importante de quienes trabajan queda fuera de los mecanismos clásicos de registro y protección social.

Pero existe otra transformación menos visible.

Cuando el miedo también organiza el trabajo

Entre quienes mantienen una relación laboral formal aparece con fuerza la incertidumbre. El temor a perder el empleo, sostiene Capone, no es solamente una preocupación económica. Modifica la manera en que las personas se relacionan con el trabajo y también su disposición a participar, reclamar o discutir sus condiciones laborales. “La pérdida del trabajo, la pérdida del lazo con el trabajo, es un tema disciplinador”, afirma.

En paralelo observa trabajadores cada vez más desvinculados de la organización de la que forman parte: cumplen una tarea, reciben una indicación y continúan con su vida.

Para Capone, allí se rompe algo que históricamente tuvo un enorme valor social: “Antes, cuando hablábamos de trabajo, era quién me precede y quién está detrás de mí.” La frase refiere a una cadena que no era únicamente productiva. Trabajar significaba también reconocerse como parte de un proceso compartido. Esa identidad colectiva, advierte, hoy aparece mucho más fragmentada.

Esa fragmentación también puede afectar la salud.

Los riesgos que no se ven

El concepto tradicional de riesgo laboral nació asociado fundamentalmente al daño físico. Una lesión puede observarse. Una sustancia tóxica puede medirse. Un accidente puede reconstruirse. Pero ¿qué ocurre con aquello que va desgastando silenciosamente a una persona? Capone ubica allí uno de los grandes desafíos actuales: los factores psicosociales vinculados con el trabajo.

La inseguridad laboral, la presión permanente, los bajos salarios, la violencia, la falta de participación, los conflictos interpersonales o la pérdida de sentido pueden no provocar una lesión inmediata y, sin embargo, tener consecuencias profundas.

“Hoy los factores psicosociales hacen un fuerte impacto en la salud del trabajador y la trabajadora”, señala. La salud mental aparece entonces en el centro de la discusión. Hablar de estrés, agotamiento o malestar emocional puede conducir fácilmente a transformar un problema laboral en un problema individual. Y aquí surge una distinción importante que debemos tener en cuenta: el sufrimiento es de cada persona, es individual pero la salida es colectiva. Debemos hablar de esto sin estigmatizar.

“Si las causas están en la organización del trabajo, en la incertidumbre, en las condiciones económicas o en determinadas formas de ejercer presión sobre las personas, la solución no puede consistir solamente en pedirle al trabajador que aprenda a tolerarlas mejor.”

La pregunta deja entonces de ser exclusivamente qué le pasa a esa persona, sino además que le pasa al resto de sus compañeros de trabajo, qué está ocurriendo en el lugar donde trabaja.

La violencia también entra a trabajar

Existe además otro fenómeno que atraviesa especialmente a quienes desarrollan tareas en contacto permanente con personas. “El trabajar con otros implica soportar subjetividades diferentes y en especial entender que hay un contexto de la violencia social”, afirma la Dra. Capone.

Sucede en la atención al público. En las escuelas. En los hospitales. En los centros de salud. La intolerancia y la conflictividad que existen fuera de las organizaciones no se detienen en la puerta cuando empieza la jornada laboral. Para quienes trabajan cuidando a otros, la situación tiene una complejidad adicional.

A los riesgos físicos o biológicos propios de la actividad se agregan la sobrecarga, el contacto cotidiano con el sufrimiento, las exigencias de pacientes y familiares y el desgaste emocional. Hay una paradoja difícil de ignorar: quienes tienen como tarea cuidar la salud pueden terminar enfermándose como consecuencia de las condiciones en las que cuidan.

Y lo más grave es que no siempre existe un mecanismo capaz de reconocer ese daño.

Lo que no se reconoce, tampoco se previene

La Dra. Capone es particularmente crítica respecto del actual sistema de riesgos del trabajo. Su planteo es que existe un importante subdiagnóstico de enfermedades laborales y que los factores psicosociales continúan teniendo un reconocimiento insuficiente dentro del sistema, lo que lo vuelve un tema central ya que reconocer que algo constituye un riesgo laboral no solamente permite asistir a quien se enfermó. Obliga también a investigar por qué sucedió y qué debería modificarse para evitar que vuelva a ocurrir.

Por eso sostiene que los factores psicosociales deberían incorporarse de manera expresa en una nueva legislación de prevención de riesgos laborales, sin fines de lucro y que la salud de los trabajadores pase al Ministerio de Salud para lograr diagnósticos epidemiológicos acertados con el fin de generar estrategias de prevención: nadie previene lo que no conoce. La discusión, en definitiva es política con señalamiento de responsabilidades.

Si el agotamiento, la ansiedad o el deterioro emocional son interpretados únicamente como problemas personales, la organización queda fuera de escena. Si se acepta que determinadas condiciones de trabajo pueden contribuir a producirlos, entonces aparece una obligación diferente: la prevención en los lugares de trabajo.

Escuchar a quien hace el trabajo

¿Cómo detectar esos riesgos antes de que produzcan daño? Para Lilian Capone hay una herramienta que atraviesa toda política de salud laboral: la participación de los propios trabajadores.  Quien realiza una tarea todos los días conoce sus dificultades, sus riesgos y muchas veces también las posibles soluciones.

“Necesitamos los comités mixtos de salud y seguridad por actividad, donde cada trabajador y trabajadora pueda exponer cuáles son los riesgos y las mejores formas de intervenir”, propone.

La diferencia parece pequeña, pero cambia por completo el enfoque. El trabajador deja de ser alguien sobre quien se aplican políticas de prevención y pasa a intervenir en su construcción. Es un sujeto de derecho. Sin olvidar que es el empleador, dador de trabajo, el principal responsable.

Una pregunta bastante más grande

Hacia el final de la conversación, la discusión sobre salud laboral termina desembocando inevitablemente en otra pregunta: ¿para qué debería servir el trabajo en la vida de una persona?

Capone lo plantea desde una posición clara. “Creo que el trabajo es sanador, el trabajo es un vínculo social.” Para que pueda cumplir esa función, sostiene, debe permitir algo más que sobrevivir. Habla de salarios adecuados, tiempo libre, vacaciones, familia, participación, relaciones saludables y la posibilidad de proyectar una vida también fuera de la actividad laboral.

“El trabajo tiene que ser una estación de la vida donde producir con otros, sentirnos sanos, sentirnos libres.”

Puede sonar ambicioso en un contexto atravesado por la incertidumbre económica y laboral. Capone no desconoce esa tensión. De hecho, buena parte de su diagnóstico es profundamente crítico respecto del escenario actual.

Pero precisamente allí coloca el horizonte. Durante muchos años la salud ocupacional intentó responder una pregunta esencial: ¿qué puede dañarnos mientras trabajamos? Tal vez el cambio que propone la Dra. Capone consista en ampliarla.

“Debemos preguntarnos también qué clase de vida produce el trabajo que hacemos. Y qué deberíamos cambiar para que trabajar no sea solamente llegar al final del día sin habernos lastimado.”

El trabajo que desarrolla Capone se inscribe además en una construcción colectiva. Coordina el Programa de Prevención y Promoción de la Salud de los Trabajadores del IOMA, donde comparte la tarea con un equipo interdisciplinario integrado, entre otros profesionales, por la Dra. Paula Bralo, abogada laboralista, y la Lic. Lucrecia Sbariggi, socióloga. “Aunque la entrevista me la hayan hecho a mí, lo que hacemos es producto de un equipo”, señala Capone, poniendo en valor una mirada que combina distintas disciplinas para abordar la salud laboral en toda su complejidad.